Capítulo VI: Iniciativa Ciudadana Europea – la verdadera voz de la Unión
Me complazco en saludarles de nuevo y, esta vez más que las anteriores, de poder escribirles unas líneas sobre la llamada Iniciativa Ciudadana Europea y el millón de firmas; algo de lo que seguramente ya habrán oído en los medios y noticiarios. Y mi satisfacción se debe, como ya anuncia el título de este capítulo, al hecho de que ésta, más que otras, es una verdadera primicia con respecto al papel de los europeos en los asuntos de la Unión, de la Europa de la que formamos parte, y así lo ha manifestado el eurodiputado Íñigo Méndez de Vigo, afirmando que ésta “es una de las grandes novedades del Tratado de Lisboa, que permitirá involucrar más a la gente en las cuestiones europeas”.
Imagino yo que la gran mayoría de ustedes no son ajenos a este instrumento que, en el ámbito nacional, ya ha sido empleado para, por ejemplo, intentar impedir en el Congreso la ampliación de la edad de jubilación, o como el debate sobre el trasvase Tajo-Segura, que ha sido igualmente llevado a la calle facilitando la recogida de firmas de forma electrónica. Pero… ¿y si lo trasladamos al ámbito europeo?
Alrededor del 80% de las medidas que son aprobadas en el Congreso de los Diputados vienen definidas por las políticas de la Unión, es decir, por aquello que se decide en Bruselas. Cabe pensar, por tanto, que un instrumento como éste que permite al ciudadano formular propuestas e intentar incidir en los asuntos que se regulan (o deben regularse) a escala europea, es sin duda una gran oportunidad para vivir una democracia más directa, quiero decir, participando de todo aquello que afecta a nuestro día a día.
A mí, personalmente, se me antoja de especial importancia ahora que estamos viviendo una crisis sin precedentes que afecta a toda Europa. Pero qué digo a toda Europa… ¡¡a los europeos!! Y es que, hablando el otro día con los amigos en el bar donde solemos reunirnos para tomar unas cañitas -en el bar de Rafita “el Piraña” (apodado así por el poco tiempo que le duraron vivos los pececitos de colores que le regaló su hija por el día del padre)-, todos coincidimos en que esta crisis la estamos pagando los trabajadores, los pensionistas, las familias… en definitiva, los de siempre. Y entre todos los allí presentes comentamos esa posibilidad de iniciar una verdadera demanda, de movilizarnos como jóvenes rebeldes para la recogida de ese millón de firmas, porque ¿no creen que el Parlamento y la Comisión Europea deberían plantarle cara a los bancos? O ¿por qué no abordan seriamente la introducción de una tasa bancaria similar a la que ha propuesto Estados Unidos? Seguro estoy de que ante una situación como la que estamos viviendo no sólo firmarían un millón de europeos, sino muchos más ciudadanos que desean que Europa tome las riendas, esto es, las medidas que sean necesarias para que todos podamos seguir disfrutando de un trabajo, de un sueldo a final de mes y no ver, en cambio, como nuestras economías son devoradas por especuladores sin ningún tipo de control.
Rafita, como les decía, el dueño del bar y un pésimo tutor para todo ser vivo que no mida más de 30 por 50 centímetros, nos escuchó aquel día y sin duda estaba de acuerdo con nosotros. Y cierto es que no sabe mucho de las grandes finanzas y los movimientos bursátiles, pero su bolsillo y el de toda su familia se sigue resintiendo aún cuando yo y mis tragaldabas amigos no fallamos a nuestra cita semanal. Para él, como para Ramón Jáuregui y el resto de europeos, la Iniciativa Ciudadana “es una pieza clave para profundizar la democracia europea y mejorar la conexión entre ciudadanos e instituciones”.
Sinceramente, creo que nuestros representantes deberían cuidar de todos los Rafitas de Europa (y sus mascotas), de ustedes, de mí… pero si no lo hacen, el Tratado de Lisboa dice que nosotros ahora sí podemos. Porque con este instrumento, podemos hacer llegar a la Comisión nuestras voces, nuestras demandas, nuestras propuestas legislativas ¡Y fíjense que simplemente con nuestra firma! Pero una firma que, unida a la de otros ciudadanos de al menos nueve países, se puede convertir en ley que defienda al resto de los 500 millones de europeos. Y los pasos son sencillos… basta con presentar 300.000 firmas ante un Registro en línea, que la Comisión examine la propuesta y, después, recoger hasta un millón en el plazo de un año… posible ¿verdad? —no obstante, les dejo un enlace donde se detallan claramente dichos pasos: http://ec.europa.eu/spain/novedades/asuntos_institucionales/iniciativa-ciudadana-que-es_es.htm, pues les animo a no dejar pasar la oportunidad de mandar y decidir sobre nosotros mismos—.
En el próximo capítulo les hablaré de la lucha europea contra la violencia de género, que “no es sólo un crimen cometido contra las víctimas, sino que supone también la destrucción de futuras generaciones” (Buzek, Presidente del Parlamento Europeo). Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
Capítulo V: Una diplomacia del siglo XXI: el Servicio Europeo de Acción Exterior
Afectuosos saludos de nuevo desde Europa y esta vez sí para hablarles de una de las principales novedades institucionales que supone el nuevo Tratado de Lisboa: el Servicio Europeo de Acción Exterior. Ello es así, porque ofrece los instrumentos que la Unión Europea necesita para fortalecerse con el exterior y para poder realmente asumir su compromiso con los derechos humanos en el resto del mundo.
Pero antes de que algún escéptico o incrédulo se pregunte por la importancia que todo ello puede tener en su vida, les voy a contar, como creo haberles prometido en alguna ocasión, las peripecias de mi querido amigo Juanjo.
Juanjo y yo nos conocimos en el colegio hace ya… bueno, dejémoslo en bastantes años… y fuimos juntos a clase cada año hasta que comenzamos la universidad, compartiendo batallitas de adolescentes y sueños de aventureros. Pero cuando tuvimos que elegir carrera, las inquietudes de uno y otro por surcar otros mundos nos separaron en simples y distintas preferencias. Juanjo optó por el turismo, profesional claro está! y yo, en cambio, por esas andanzas a las que el periodismo ha llevado a algunos… y digo a algunos porque finalmente ese no fue mi caso y en deseos se quedó el viajar e informar desde otros lugares. Pero bueno… también he de decir que Juanjo tampoco logró transformar sus sueños en grandes experiencias por el mundo y ahora vive “encerrado” en un hotel de la costa catalana. Si bien, siempre que podemos y la vida nos deja, rastreamos por Internet la mejor oferta de viajes y la que más lejos nos lleve… eso sí, Juanjo más que yo, todo sea dicho.
Y así fue que en una de esas búsquedas encontró una oportunidad para plantarse al otro lado del mundo, en el lejano y exótico oriente, concretamente, en Laos.
Laos, antigua colonia francesa que logró su completa independencia en 1954, resulta ser no sólo un llamativo destino en el que desconectar inmerso en otra cultura, sino además uno de lugares en los que España no cuenta ni con Embajada ni con Consulado Honorario (y fíjense si hay embajadas españolas por el mundo que hasta podría hacerse otro programa televisivo como ese que, creo, ganó un premio). Allí fue donde Juanjo decidió pasar diez días y donde tuvo la mala suerte de “deshacerse” de su documentación. Se lo digo entrecomillado porque aunque es cierto que un desconocido tomó sin preguntar su cartera, bien conozco a mi amigo y algo despistado sí que es… no es de extrañar, por tanto, que dejando sin vigilancia algo tan preciado como es la identificación de uno en un país que no es el propio, se tornara en preocupante lo que se suponía serían unos días de descanso.
Sin embargo —y es aquí donde radica la importancia que para nosotros como ciudadanos tiene esto del Servicio Europeo de Acción Exterior y el hecho de pertenecer a Europa— Juanjo no tuvo la más mínima complicación en subsanar aquella circunstancia. Y esto es porque, según el Artículo 46 de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, todo ciudadano de la Unión puede acogerse en el territorio de un tercer país (en el que no esté representado el Estado Miembro del que se sea nacional, en nuestro caso, España) a la protección de las autoridades diplomáticas y consulares de cualquier otro Estado Miembro y, además, en las mismas condiciones que los nacionales de ese Estado.
Lo que hizo entonces mi despistado amiguete fue ir a la Embajada de Alemania, donde sin problema alguno resolvieron su temporal situación de indocumentado… por la vida. Pero es que además con esta iniciativa diplomática que nos ofrecen, podemos sentirnos doblemente protegidos al contar con una delegación europea allá donde vayamos –aquí les dejo por si piensan viajar próximamente un enlace donde verán dónde está la UE en el mundo: http://ec.europa.eu/world/where/index_es.htm#9. Sin lugar a dudas, uno puede considerarse como europeo privilegiado y, además, orgulloso por la labor de cooperación con los otros que este Servicio también supone.
El próximo día les hablaré de otra de las grandes e importantes novedades del Tratado: la iniciativa legislativa popular. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
Capítulo IV: La educación, un derecho. La educación, un necesario primer paso para la nueva Europa…
Les vuelvo a saludar gustosamente, aunque esta vez con cierto… qué diría yo, reparo, ya que la vez pasada me despedía de ustedes comprometiéndome a hablarles de lo que llaman el Servicio Exterior Europeo (el cual nuestro país desea que quede fijado en el período de nuestra Presidencia de turno de la Unión), pero me van a tener que disculpar en esta ocasión. Y les cuento porqué.
El motivo es que el otro día me enteré de que el Ministro de Educación, el señor Ángel Gabilondo, iba a acudir a una jornada de trabajo que organizaba la Fundación Alternativas junto a la Friedrich Ebert, y decidí asistir -por cierto, fue muy interesante- sobre el posible y necesario pacto educativo que se está negociando entre los principales actores implicados (asociaciones de padres y madres de alumnos, sindicatos, partidos políticos, profesores). Por ello que no quería dejar pasar ahora la ocasión de contarles lo que oí y lo que todo ello significa en el marco de Europa, de una Europa que quiere ser la Europa del conocimiento.
Que todos los niños entre 6-18 años estén escolarizados para 2015-2020 es un objetivo, pero el de enfocar el sistema educativo al siglo XXI, tal y como el Ministro manifestó, donde el concepto de Educación se equipara al de una ciudadanía libre, resulta sin duda, o al menos a mi juicio, fundamental. Y les digo esto porque si volvemos nuestra mirada a la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, en concreto al artículo 14, toda persona tiene derecho a la educación y al acceso a la formación profesional y permanente, lo que además implica el derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones, ya sean éstas religiosas, filosóficas y pedagógicas. Y esto, amigos míos, se traduce en libertad, en diversidad, en la Europa que somos y queremos ser.
Todo ello, entendí, debe pasar por el fomento de un aprendizaje continuo y, como no, por la mejora de su financiación y por tanto de su calidad, porque (como ya sabemos todos por experiencia) si no se pone la pasta, los propósitos al final acaban cayendo en saco roto… También el Ministro hizo hincapié en la promoción de la movilidad entre los jóvenes y los docentes –no cabe duda de que los programas Erasmus nos están permitiendo enriquecernos con la visita de estudiantes de otros Estados Miembros y que nuestros universitarios gocen de la experiencia de vivir y aprender en otros lugares-, pero además, y más aún en los tiempos que vivimos, en lograr una formación vinculada al mercado laboral, al crecimiento de la economía y el empleo y, en definitiva, a una Europa más competitiva basada en el conocimiento.
Pero todo esto que nos puede sonar a una clase de astrofísica, esto es, lejano y celestial, seguro lo verán claro como el agua si les cuento que la hermana de mi cuñada, María, se fue hace algo más de tres de años a terminar su carrera con una beca de esas de las que les hablo. En concreto se marchó a Bristol. Allí la Universidad le permitió enlazar su último año con un programa de postgrado y prácticas, con lo que pudo regresar a España no sólo sabiendo el tan fundamental idioma del inglés, sino con un máster y sobre todo la posibilidad más que segura de encontrar un buen puesto de trabajo.
La experiencia que adquirió estudiando y trabajando en Europa ha sido su mejor carta de presentación y, ahora, goza de la seguridad y satisfacción de tener un curro que además la “obliga” –lo pongo entre comillas porque a quién no le gustaría tener esa movilidad- a seguir viajando y reunirse con compañeros de otros países, con otros europeos que como ella y muchos se benefician de un mercado común.
Sin falta la próxima semana, tras el merecido descanso de los días de Pascua —yo como supongo que la mayoría de ustedes también he estado disfrutando de las típicas torrijas y procesiones— sí les hablaré de eso que llaman Servicio Exterior Europeo y, para lo cual, les narraré una situación que mi amigo Juanjo (del que creo haberles hablado antes) vivió hace algún tiempo y que estoy seguro nos puede suceder a cualquiera. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
Capítulo III: Conscientes como consumidores, conscientes como europeos…
Eusabio de nuevo… ¡Sí! aquí otra vez para hablarles de lo que significa vivir en la Unión Europea, de pertenecer a un Estado miembro del gran proyecto que el Tratado de Lisboa comienza a consolidar: el nuestro.
Les hablaba la semana pasada de esa igualdad salarial que aún, por los datos y, lo que es peor, por las conocidas situaciones de nuestras amigas, familiares, compañeras, nos cuesta creer que llegue a ser una realidad, pero por la que sin duda, como asegura el Tratado de la Unión, tenemos el derecho a reclamar ante los tribunales. Hoy sin embargo os quiero hablar de otro tipo de derechos, de los que sin saberlo disfrutamos como consumidores en un mercado interior europeo.
Pero ¿por qué hablarles de algo que parece tan lógico? Pues la respuesta es el desconocimiento que tal lógica confiere a acciones de nuestro día a día, a nuestras rutinarias visitas al supermercado, a nuestra constante exposición a una publicidad a veces engañosa y que, por ende, nos hace más vulnerables. Y se lo cuento porque así le ocurrió a mi ancianita abuela a la que no dudaron en estafar, pero a la que la legislación, de rigurosa y obligada aplicación en todos los países de la Unión, protegió. Pensarán que tengo una familia que es carne de cañón, pero les aseguro, no sin la confianza y la seguridad que me da el ser europeo, que éstas y otros tipos de estafas están a la orden del día. No sólo vale con contar con leyes que nos garantizan que aquello que compramos o consumimos es seguro, también el conocimiento de nuestros derechos nos hace más fuertes.
Y como les estaba diciendo, a mi abuela un día la visitó un vendedor a domicilio. A primera vista, según nos contó ella, parecía un señor muy honrado y educado –yo pensé en cuanto me enteré… ¡menudo embustero! intentar engañar a una persona mayor-, que consiguió venderle una ilustradísima colección de diez tomos sobre la flora marina del planeta. La mujer no es que tenga un gusto particular por los arrecifes y corales, pero recordó que, en ocasiones, dícese los veranos, sus nietos volvían de bucear con algún ridículo pescadito y pensó que nos haría ilusión tener muchos años después ese material editado. Ni qué decir tiene que tanto a mí como a mi hermano esa “pasión submarinista” pasó con la adolescencia y, sobre todo, cuando llegaron las “calabazas” que nos tocaba, bueno más bien a mi hermano y compañero de inmersiones, aprobar en septiembre —aunque ahora sea un consagrado abogado, he de confesarles (sin que se entere) que fue un pésimo estudiante hasta su llegada a la universidad—.
Entonces me acordé de que a la madre de un amigo le había sucedido una vez algo parecido. Creo recordar que compró algún producto de estos que anuncian por la tele y que solicitas telefónicamente. A ella en principio no es que la estafaran, pero su marido no consideró entonces oportuno semejante gasto y pudo, entonces, anular su contrato de venta en el plazo de una semana y sin dar ningún tipo de justificación. Si eso había podido hacer Rosarito, la siempre hospitalaria madre de Juanjo, ¡qué no podríamos hacer nosotros por evitar aquella estafa a mi abuela de más de 800 euros!
Pues bien, como les digo la legislación comunitaria nos blinda, nos protege de ese tipo de venta ambulante, de toda publicidad encaminada a engañar a los consumidores, de las cláusulas contractuales abusivas que algunas empresas nos quieren hacer firmar con su letra pequeña, de la inseguridad o falta de control que ofrecen ciertos productos importados, de todo lo que nos transforma en víctimas y no en ciudadanos.
El artículo 38 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea insiste en ello, en que en las políticas de la Unión se garantizará un nivel elevado de protección de los consumidores y, en este sentido, contamos todos con la Red de Centros Europeos del Consumidor (y en nuestro idioma) donde poder ser asesorados, informados y ayudados –por cierto, aquí les dejo el teléfono gratuito al que podréis llamar desde cualquier parte de la Unión Europea: 00 800 67891011-. Es decir amigos, protegidos bajo el paraguas de Europa. Porque tienes derecho a saber lo que comes o consumes, pero también a elegir y encontrar la mejor relación calidad-precio, a no ser estafado y a poder emprender y resolver cualquier acción legal contra quienes buscan abusar de nuestro bienestar.
La próxima semana quiero acercarles eso que llaman Servicio Exterior Europeo y, para ello, les contaré una situación que mi amigo Juanjo vivió hace algún tiempo y que estoy seguro nos puede suceder a cualquiera. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
Capítulo II: Me complace saludarles nuevamente…
Hace apenas un par de semanas, me presentaba ante ustedes como ese patrón de viajes que les iba a conducir por los senderos del Tratado de Lisboa, de Europa. ¡Pues bien! Aquí me tienen de nuevo, recuperado ya de un espantoso catarro —pues como Europa, los que en ella creemos también pasamos algunas dificultades— y con el mismo compromiso que asumí al comienzo con todos ustedes.
Les prometí entonces hablarles de nuestros derechos y libertades y, fíjense, que leyendo la Carta de Derechos Fundamentales que esta nueva Europa ha incorporado para todos nosotros, recordé un lamentable episodio de la vida de mi hermana pequeña. Un suceso que es la realidad de todas las mujeres de este país y del resto de la Unión Europea: el de la desigualdad laboral.
Pero bueno, antes de contarles la injusta situación que vivió mi hermana nada más incorporarse a su primer empleo y que Europa prevé eliminar en todo su territorio, quisiera presentarles a la que es mi verdadero objetivo de admiración, a ella, mi hermana Clara.
Clara, como su nombre ya indica, es esa mujer de hoy en día, decidida, autosuficiente, sobradamente preparada y con las ideas emanando constantemente de su cabeza. De ella surgió realmente la iniciativa de crear este blog y a ella hay que adjudicarle el mérito de haber conseguido plasmar todos mis encantos en tan divertida caricatura. ¡Es una artista con el pincel! Aunque también un as en las matemáticas. De ahí que se embarcara en la técnica y artística carrera de arquitectura. Sin embargo, como dice el dicho, no es oro todo lo que reluce y las expectativas e ilusiones que la llevaban a quedarse noches y noches sin dormir entre líneas y ecuaciones, se truncaron nada más finalizar la carrera e incorporarse al que dicen, pienso no sin cierta ironía, el mundo de los mayores, vamos! a su primer empleo.
Ella acababa de terminar su proyecto de último curso, porque como ya les he dicho, Clara es una joven realmente aplicada y consiguió la difícil tarea de ir a curso por año (algo que no pude hacer yo porque me distraje en esas otras actividades que te ofrece la experiencia universitaria), cuando entró a trabajar ilusionada para una importante empresa de la que no consigo recordar el nombre. Los jefes de dicha empresa alucinaron con su proyecto y la preparación que demostró tener desde el principio. Sin embargo, de nada le sirvió el destacar con respecto a sus compañeros ¡hombres!, pues como en otros tantos ámbitos se demostró el machismo que impera en la sociedad. Esos que compartían mismo puesto y misma responsabilidad cobraban hasta casi ¡1.200 euros más que ella! Yo no podía dar crédito al ver su nómina por primera vez. Por eso, créanme cuando les digo que sentí vergüenza al experimentar su desaliento, al descubrir que alguien como yo podía llegar a ganar más pasta estando bastante menos cualificado que ella. Ni qué decir de sus compañeros por el hecho de ser eso, hombres, de los cuales muchos llegaron a la empresa después y con menos formación o experiencia y obtuvieron superiores salarios. De nada le sirvieron ni el talento ni ninguna de sus quejas.
Por eso que les decía que Clara sufrió, y quiero resaltar sufrió, una frustrante e inaceptable injusticia que padecen y padecéis vosotras, nuestras mujeres, amigas, hermanas, vecinas, todos los días en el trabajo: la diferencia salarial en condiciones laborales, además, mucho menos ventajosas que las de los hombres.
Ahora trabaja de forma asociada con algunas compañeras de entonces, con las que decidió abrir su propio estudio. No obstante, muchos de los posibles clientes siguen siendo hombres que prefieren a otros hombres y, tampoco, son ajenas a la falta de incentivos y facilidades para poder conciliar la vida laboral con la familiar; algo que mi hermanita aún no se ha planteado, quizás por la dificultad que ello supone hoy en día y con tanta competencia.
Sin embargo, en la nueva Europa, mi hermana no tendrá, ni las mujeres en general, que ver cómo sus iguales en el trabajo ganan al año tantos miles de euros más, porque el Tratado en su artículo, creo recordar que el 23, expresa muy claramente que la igualdad entre hombres y mujeres deberá garantizarse en todos los ámbitos, inclusive en materia de empleo, trabajo y retribución. Pero es que incluso, este principio de igualdad no impide que se adopten medidas que supongan ventajas concretas a favor del sexo menos representado, luego mi hermana, como tantas otras mujeres que se encuentran en situación de desigualdad, tienen en la nueva Europa el derecho de reclamar ante los tribunales la justicia que hasta ahora les está siendo negada. Yo como hombre, como ciudadano, como europeo, me alegro.
La próxima semana, si nada me lo impide, les seguiré contando más derechos que como ciudadanos europeos podremos y habremos de reclamar. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
