Capítulo III: Conscientes como consumidores, conscientes como europeos…
Eusabio de nuevo… ¡Sí! aquí otra vez para hablarles de lo que significa vivir en la Unión Europea, de pertenecer a un Estado miembro del gran proyecto que el Tratado de Lisboa comienza a consolidar: el nuestro.
Les hablaba la semana pasada de esa igualdad salarial que aún, por los datos y, lo que es peor, por las conocidas situaciones de nuestras amigas, familiares, compañeras, nos cuesta creer que llegue a ser una realidad, pero por la que sin duda, como asegura el Tratado de la Unión, tenemos el derecho a reclamar ante los tribunales. Hoy sin embargo os quiero hablar de otro tipo de derechos, de los que sin saberlo disfrutamos como consumidores en un mercado interior europeo.
Pero ¿por qué hablarles de algo que parece tan lógico? Pues la respuesta es el desconocimiento que tal lógica confiere a acciones de nuestro día a día, a nuestras rutinarias visitas al supermercado, a nuestra constante exposición a una publicidad a veces engañosa y que, por ende, nos hace más vulnerables. Y se lo cuento porque así le ocurrió a mi ancianita abuela a la que no dudaron en estafar, pero a la que la legislación, de rigurosa y obligada aplicación en todos los países de la Unión, protegió. Pensarán que tengo una familia que es carne de cañón, pero les aseguro, no sin la confianza y la seguridad que me da el ser europeo, que éstas y otros tipos de estafas están a la orden del día. No sólo vale con contar con leyes que nos garantizan que aquello que compramos o consumimos es seguro, también el conocimiento de nuestros derechos nos hace más fuertes.
Y como les estaba diciendo, a mi abuela un día la visitó un vendedor a domicilio. A primera vista, según nos contó ella, parecía un señor muy honrado y educado –yo pensé en cuanto me enteré… ¡menudo embustero! intentar engañar a una persona mayor-, que consiguió venderle una ilustradísima colección de diez tomos sobre la flora marina del planeta. La mujer no es que tenga un gusto particular por los arrecifes y corales, pero recordó que, en ocasiones, dícese los veranos, sus nietos volvían de bucear con algún ridículo pescadito y pensó que nos haría ilusión tener muchos años después ese material editado. Ni qué decir tiene que tanto a mí como a mi hermano esa “pasión submarinista” pasó con la adolescencia y, sobre todo, cuando llegaron las “calabazas” que nos tocaba, bueno más bien a mi hermano y compañero de inmersiones, aprobar en septiembre —aunque ahora sea un consagrado abogado, he de confesarles (sin que se entere) que fue un pésimo estudiante hasta su llegada a la universidad—.
Entonces me acordé de que a la madre de un amigo le había sucedido una vez algo parecido. Creo recordar que compró algún producto de estos que anuncian por la tele y que solicitas telefónicamente. A ella en principio no es que la estafaran, pero su marido no consideró entonces oportuno semejante gasto y pudo, entonces, anular su contrato de venta en el plazo de una semana y sin dar ningún tipo de justificación. Si eso había podido hacer Rosarito, la siempre hospitalaria madre de Juanjo, ¡qué no podríamos hacer nosotros por evitar aquella estafa a mi abuela de más de 800 euros!
Pues bien, como les digo la legislación comunitaria nos blinda, nos protege de ese tipo de venta ambulante, de toda publicidad encaminada a engañar a los consumidores, de las cláusulas contractuales abusivas que algunas empresas nos quieren hacer firmar con su letra pequeña, de la inseguridad o falta de control que ofrecen ciertos productos importados, de todo lo que nos transforma en víctimas y no en ciudadanos.
El artículo 38 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea insiste en ello, en que en las políticas de la Unión se garantizará un nivel elevado de protección de los consumidores y, en este sentido, contamos todos con la Red de Centros Europeos del Consumidor (y en nuestro idioma) donde poder ser asesorados, informados y ayudados –por cierto, aquí les dejo el teléfono gratuito al que podréis llamar desde cualquier parte de la Unión Europea: 00 800 67891011-. Es decir amigos, protegidos bajo el paraguas de Europa. Porque tienes derecho a saber lo que comes o consumes, pero también a elegir y encontrar la mejor relación calidad-precio, a no ser estafado y a poder emprender y resolver cualquier acción legal contra quienes buscan abusar de nuestro bienestar.
La próxima semana quiero acercarles eso que llaman Servicio Exterior Europeo y, para ello, les contaré una situación que mi amigo Juanjo vivió hace algún tiempo y que estoy seguro nos puede suceder a cualquiera. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio

June 1st, 2010 - 00:28
¿De verdad que la UE puede protegernos de los bancos?