Capítulo I: Como acostumbran a comenzar los cuentos…
Hace aproximadamente un mes (¡Dios mío cómo pasa el tiempo!) me encontraba celebrando, imagino como la gran mayoría de ustedes, las fiestas navideñas con mi casi siempre adorable familia, y ocurrió algo que llamó la atención de mis algo ya ebrias neuronas. Yo discutía sobre el tema estrella del momento y las consecuencias que para muchos de nosotros estaba teniendo la omnipresente crisis, cuando la mayor de mis sobrinas, la dulce y sagaz Lucía, espontáneamente formuló, ante aquel grupo de jocosos y exaltados adultos, la directa pregunta de qué era eso del Tratado de Lisboa. Un silencio breve aunque sepultante recorrió entonces la extensa mesa, alrededor de la cual se dejaron oír en cuestión de segundos nuevamente las risas y conversaciones que a todos nos tenían ocupados, a todos, menos a mí. Pues perplejo y asombrado me quedé entonces mirando a mi sobrina de tan sólo doce años y pensé… ¿qué explicación colmaría su curiosidad? ¿Acaso yo, un hombre ya responsable de sus actos y su vida, sabía cómo dar respuesta a un hecho tan nuestro como a la vez tan desconocido? Desde aquel significativo instante consideré necesario descifrar el acertijo y por eso estoy hoy aquí contándoles este episodio de mi vida.
Pero… ¡qué mal educado soy! Aún ni siquiera me he presentado…
Mi nombre es Eusebio, bueno, Eusabio para los amigos, pues fui, cuando aún contábamos los pelos de la barba que nos habían salido y apostábamos diez duros al más valiente que consiguiera arrancarle a la niña más hermosa del colegio, Rosa, un saludo o una sonrisa, seleccionado para un concurso regional de mentes “privilegiadas” entre centros escolares. No está de más decir que ni siquiera alcancé pasar de la segunda ronda, pero resulté ser todo un orgullo para profesores y familiares, y porqué no decirlo también, objetivo de chistes y comentarios para los compañeros. Sin embargo, este ha sido un apodo que con el tiempo ha ido ganando todo el matiz cariñoso que se puedan imaginar, hasta el punto de presentarme ante ustedes, aún hoy unos desconocidos, espero pronto mis compañeros de viaje, como Eusabio el del Tratado. Un Eusabio que, como diamante sin pulir, se gana la vida a duras penas editando lo que otros, con más suerte que talento, han dejado sobre la mesa de mi despacho (si es que acaso pueda decirse que es eso, un despacho). Un Eusabio romántico al que cupido no ha querido hasta la fecha tratar bien. Pero sobre todo un Eusabio entregado a la aventura de vivir, de viajar aunque tenga que ser sólo en sueños.
Por eso que ese viaje del que les hablo, estoy seguro, nos llevará por un sinfín de anécdotas, descubrimientos, aprendizajes… porque yo, como ustedes, iré revelando esos “misterios” que parece entrañar el Tratado de Lisboa del que todos hablan, hasta convertirlo en un cuento real de nuestras vidas, en un viaje porqué no inolvidable.
Espero que me acompañen a lo largo de esta travesía que comienza, la semana próxima, con la piedra angular, el puerto de partida de cualquier viaje: nuestros propios derechos y libertades.
Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
