Capítulo II: Me complace saludarles nuevamente…
Hace apenas un par de semanas, me presentaba ante ustedes como ese patrón de viajes que les iba a conducir por los senderos del Tratado de Lisboa, de Europa. ¡Pues bien! Aquí me tienen de nuevo, recuperado ya de un espantoso catarro —pues como Europa, los que en ella creemos también pasamos algunas dificultades— y con el mismo compromiso que asumí al comienzo con todos ustedes.
Les prometí entonces hablarles de nuestros derechos y libertades y, fíjense, que leyendo la Carta de Derechos Fundamentales que esta nueva Europa ha incorporado para todos nosotros, recordé un lamentable episodio de la vida de mi hermana pequeña. Un suceso que es la realidad de todas las mujeres de este país y del resto de la Unión Europea: el de la desigualdad laboral.
Pero bueno, antes de contarles la injusta situación que vivió mi hermana nada más incorporarse a su primer empleo y que Europa prevé eliminar en todo su territorio, quisiera presentarles a la que es mi verdadero objetivo de admiración, a ella, mi hermana Clara.
Clara, como su nombre ya indica, es esa mujer de hoy en día, decidida, autosuficiente, sobradamente preparada y con las ideas emanando constantemente de su cabeza. De ella surgió realmente la iniciativa de crear este blog y a ella hay que adjudicarle el mérito de haber conseguido plasmar todos mis encantos en tan divertida caricatura. ¡Es una artista con el pincel! Aunque también un as en las matemáticas. De ahí que se embarcara en la técnica y artística carrera de arquitectura. Sin embargo, como dice el dicho, no es oro todo lo que reluce y las expectativas e ilusiones que la llevaban a quedarse noches y noches sin dormir entre líneas y ecuaciones, se truncaron nada más finalizar la carrera e incorporarse al que dicen, pienso no sin cierta ironía, el mundo de los mayores, vamos! a su primer empleo.
Ella acababa de terminar su proyecto de último curso, porque como ya les he dicho, Clara es una joven realmente aplicada y consiguió la difícil tarea de ir a curso por año (algo que no pude hacer yo porque me distraje en esas otras actividades que te ofrece la experiencia universitaria), cuando entró a trabajar ilusionada para una importante empresa de la que no consigo recordar el nombre. Los jefes de dicha empresa alucinaron con su proyecto y la preparación que demostró tener desde el principio. Sin embargo, de nada le sirvió el destacar con respecto a sus compañeros ¡hombres!, pues como en otros tantos ámbitos se demostró el machismo que impera en la sociedad. Esos que compartían mismo puesto y misma responsabilidad cobraban hasta casi ¡1.200 euros más que ella! Yo no podía dar crédito al ver su nómina por primera vez. Por eso, créanme cuando les digo que sentí vergüenza al experimentar su desaliento, al descubrir que alguien como yo podía llegar a ganar más pasta estando bastante menos cualificado que ella. Ni qué decir de sus compañeros por el hecho de ser eso, hombres, de los cuales muchos llegaron a la empresa después y con menos formación o experiencia y obtuvieron superiores salarios. De nada le sirvieron ni el talento ni ninguna de sus quejas.
Por eso que les decía que Clara sufrió, y quiero resaltar sufrió, una frustrante e inaceptable injusticia que padecen y padecéis vosotras, nuestras mujeres, amigas, hermanas, vecinas, todos los días en el trabajo: la diferencia salarial en condiciones laborales, además, mucho menos ventajosas que las de los hombres.
Ahora trabaja de forma asociada con algunas compañeras de entonces, con las que decidió abrir su propio estudio. No obstante, muchos de los posibles clientes siguen siendo hombres que prefieren a otros hombres y, tampoco, son ajenas a la falta de incentivos y facilidades para poder conciliar la vida laboral con la familiar; algo que mi hermanita aún no se ha planteado, quizás por la dificultad que ello supone hoy en día y con tanta competencia.
Sin embargo, en la nueva Europa, mi hermana no tendrá, ni las mujeres en general, que ver cómo sus iguales en el trabajo ganan al año tantos miles de euros más, porque el Tratado en su artículo, creo recordar que el 23, expresa muy claramente que la igualdad entre hombres y mujeres deberá garantizarse en todos los ámbitos, inclusive en materia de empleo, trabajo y retribución. Pero es que incluso, este principio de igualdad no impide que se adopten medidas que supongan ventajas concretas a favor del sexo menos representado, luego mi hermana, como tantas otras mujeres que se encuentran en situación de desigualdad, tienen en la nueva Europa el derecho de reclamar ante los tribunales la justicia que hasta ahora les está siendo negada. Yo como hombre, como ciudadano, como europeo, me alegro.
La próxima semana, si nada me lo impide, les seguiré contando más derechos que como ciudadanos europeos podremos y habremos de reclamar. Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
Capítulo I: Como acostumbran a comenzar los cuentos…
Hace aproximadamente un mes (¡Dios mío cómo pasa el tiempo!) me encontraba celebrando, imagino como la gran mayoría de ustedes, las fiestas navideñas con mi casi siempre adorable familia, y ocurrió algo que llamó la atención de mis algo ya ebrias neuronas. Yo discutía sobre el tema estrella del momento y las consecuencias que para muchos de nosotros estaba teniendo la omnipresente crisis, cuando la mayor de mis sobrinas, la dulce y sagaz Lucía, espontáneamente formuló, ante aquel grupo de jocosos y exaltados adultos, la directa pregunta de qué era eso del Tratado de Lisboa. Un silencio breve aunque sepultante recorrió entonces la extensa mesa, alrededor de la cual se dejaron oír en cuestión de segundos nuevamente las risas y conversaciones que a todos nos tenían ocupados, a todos, menos a mí. Pues perplejo y asombrado me quedé entonces mirando a mi sobrina de tan sólo doce años y pensé… ¿qué explicación colmaría su curiosidad? ¿Acaso yo, un hombre ya responsable de sus actos y su vida, sabía cómo dar respuesta a un hecho tan nuestro como a la vez tan desconocido? Desde aquel significativo instante consideré necesario descifrar el acertijo y por eso estoy hoy aquí contándoles este episodio de mi vida.
Pero… ¡qué mal educado soy! Aún ni siquiera me he presentado…
Mi nombre es Eusebio, bueno, Eusabio para los amigos, pues fui, cuando aún contábamos los pelos de la barba que nos habían salido y apostábamos diez duros al más valiente que consiguiera arrancarle a la niña más hermosa del colegio, Rosa, un saludo o una sonrisa, seleccionado para un concurso regional de mentes “privilegiadas” entre centros escolares. No está de más decir que ni siquiera alcancé pasar de la segunda ronda, pero resulté ser todo un orgullo para profesores y familiares, y porqué no decirlo también, objetivo de chistes y comentarios para los compañeros. Sin embargo, este ha sido un apodo que con el tiempo ha ido ganando todo el matiz cariñoso que se puedan imaginar, hasta el punto de presentarme ante ustedes, aún hoy unos desconocidos, espero pronto mis compañeros de viaje, como Eusabio el del Tratado. Un Eusabio que, como diamante sin pulir, se gana la vida a duras penas editando lo que otros, con más suerte que talento, han dejado sobre la mesa de mi despacho (si es que acaso pueda decirse que es eso, un despacho). Un Eusabio romántico al que cupido no ha querido hasta la fecha tratar bien. Pero sobre todo un Eusabio entregado a la aventura de vivir, de viajar aunque tenga que ser sólo en sueños.
Por eso que ese viaje del que les hablo, estoy seguro, nos llevará por un sinfín de anécdotas, descubrimientos, aprendizajes… porque yo, como ustedes, iré revelando esos “misterios” que parece entrañar el Tratado de Lisboa del que todos hablan, hasta convertirlo en un cuento real de nuestras vidas, en un viaje porqué no inolvidable.
Espero que me acompañen a lo largo de esta travesía que comienza, la semana próxima, con la piedra angular, el puerto de partida de cualquier viaje: nuestros propios derechos y libertades.
Hasta entonces, disfruten de la vida…
Eusabio
